Tuve mi primera hija a mis 19 años mientras estudiaba mi tercer año de bachillerato. Su llegada supuso muchos cambios: boda, otra especialización y postergar una mudanza añorada. Sin embargo, fue para mi toda una aventura y la expectativa ante lo que era una novedad. El cuento de hadas culminó varios años después con un divorcio y la crianza de una niña en edad preescolar. Estaba decidida a no tener más hijos. Sin embargo, 6 años después (a mis 25 y mientras hacía mi doctorado) llegaba al mundo mi segunda hija. En esta oportunidad decidí ser madre soltera y la experiencia fue una totalmente distinta. Había más responsabilidad. Era yo... o yo. Esto hizo que mi chica y yo creáramos una conexión que hoy en día aún mantenemos. También fue la niña añoñada tal vez para compensar la ausencia de papá en el hogar. Y ahí si dije: hasta aquí, no más hijos. Pero, haciéndole caso a la sugerencia de mis padres, no me operé. Por lo tanto, la posibilidad siempre estuvo vigente.
Así estuve varios años. Enfoqué mi vida en terminar mis estudios, criar a mis niñas, crecer profesionalmente y dedicarme tiempo a mi. Hasta que hace seis años atrás llegó a mi vida mi compañero, quien se unió a estas tres mujeres y aprendió a convivir con nosotras. El, con una hija que hoy tiene sus 20 y yo, con dos chicas ya crecidas, no contemplamos nunca la idea de ampliar la familia. Pero, un día cualquiera, a mis 36 años, me entero de que voy a ser madre nuevamente. Y es ahí que empieza una aventura que dista mucho de tener fin, o de ser fácil. Pero, ya le estoy cogiendo el gustito. Y que mejor que escribirlo, que contarlo. Se que habrá al menos una mujer en este mundo que me entienda y sea empática a lo que se enfrenta una mujer que decide ser mamá en tres décadas distintas de su vida.
No hay comentarios:
Publicar un comentario