Comencé a internalizar los cambios que se acercaban a mi vida el día en que me hicieron el baby shower. Justo ese día mi chica mayor, Alanis, tomaba su examen de ingreso a la universidad. Como madre, fui emocionada a llevarla y hasta la acompañé hasta la puerta de entrada. En un momento, miro a mi lado y veo jóvenes acompañados de sus padres, la mayoría contemporáneos conmigo. La única embarazada era yo, bueno, había varias adolescentes con sus vientres abultados. Sin embargo, ese no fue el impacto mayor.
Ese dia me di cuenta de que dentro de unos meses iba a recibir la llegada de una nueva criatura en mi vida, pero a la vez tendría que soltarle las alas a mi hija mayor, entonces de 16 años. Son cambios grandes los que me esperan. Alanis siempre ha sido muy madura pero para mi sigue siendo la misma niña que acurruqué en mis brazos cuando yo todavía era una adolescente con ganas de comerme el mundo.
La crianza de Alanis no fue tan difícil. Era una bebé madura y tranquila. Además, contaba con la ayuda de su abuela y mi tía para quien ella era como su hija. Ellas me ofrecieron apoyo mientras yo hacía mi doctorado y trataba de labrar un futuro para nosotras. Mi chica era mi compañera de camino y por eso creo que me resulta tan difícil verla convertida en toda una adolescente con metas y sueños de independencia. Paola, sin embargo, siempre ha sido muy niña y muy apegada a mi. Tal vez por eso, no me siento a pensar en el momento en que tome su rumbo. Bueno, por eso y porque todavía tiene 11 años.
La llegada de Amaia en esta etapa de nuestras vidas supone un nuevo comienzo. Mis hijas mayores están grandes, cada una tiene su propio mundo. Yo esperaba esta etapa en mi vida para retomar mi carrera y desarrollar algunos aspectos que había hecho a un lado para ser mamá. Mi niña cambió todo el panorama. Hemos tenido que hacer ajustes en todos los aspectos de nuestra vida: cambio de vivienda (ahora somos más), disminución de la jornada laboral (lo que conlleva ajustes económicos) y cambios en nuestra vida social (nuestras amistades ya no tienen niños pequeños). También he tenido que hacer ajuste en como divido el tiempo con cada una de mis hijas ya que cada una de ellas tiene necesidades diferentes.
En fin, ser madre en tres décadas conlleva muchos retos y mucha energía. Los días son más largos y las noches más cortas. Los ratos que tomaba para mi o para cenar con alguna amistad, o incluso con mi pareja han sido sustituidos por las visitas al pediatra, al supermercado para comprarle sus cosas y por los momentos en que aprovecho disfrutandome ese pedazo de sol, que llegó al mundo un viernes 5 de julio de 2013 para cambiar por completo nuestras vidas. Y esta aventura apenas comienza...
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